En tiempos de Copa África, en el inmenso y rico continente que comienza a unos kilómetros del fin de nuestra frontera y que termina casi en la Antártida, vemos múltiples casos de diáspora. Es más, la federación de fútbol de África organizó charlas en Londres y París con los jugadores que han nacido o crecido, bien en Inglaterra o Francia, pero cuyos antepasados son del continente africano.
Para el caso, trayéndolo a España, un futbolista formado en canteras españolas, que nunca llegó a debutar con La Roja o lo hizo con categorías inferiores, de pronto se encuentra portando la camiseta de otra selección nacional, liderando a un equipo en coordenadas inimaginables. Este es el caso de jugadores que han acabado representando a países de menor escaparate futbolístico como Marruecos, Guinea Ecuatorial o República Dominicana. Y es que estos jugadores hallaron una oportunidad inesperada para vivir la experiencia internacional que en España no tuvieron.
En 2015, la afición de Malabo, capital de Guinea Ecuatorial, vivió un momento inolvidable. El equipo local, plagado de jugadores “españoles”, alcanzó las semifinales de la Copa Africana contra todo pronóstico. En cuartos de final eliminó a Túnez 2-1 con una actuación estelar de Javier Balboa, madrileño formado en el Real Madrid. Balboa marcó dos goles en aquel partido decisivo, convirtiéndose en el héroe nacional de un país que sus padres habían dejado décadas atrás. Para el canterano merengue, que no logró consolidarse en Primera, vivir semejante gloria internacional fue como un sueño cumplido lejos de casa.
Balboa simboliza a toda una generación de hispano-guineanos que abrazaron la llamada de su segunda patria. Nacido en 1985 en Madrid de padres ecuatoguineanos, creció futbolísticamente en Valdebebas pero desde 2007 defendió los colores del país africano. Tras pasar por clubes como Benfica, Albacete o Estoril, jamás hubiera imaginado que su cúspide llegaría con la elástica roja, verde y blanca de Guinea.
Un caso peculiar es el de Rui Fernando da Gracia Gomes, o simplemente “Rui”. Nacido en 1985 en Bembibre (León) de padres caboverdianos, Rui no tenía lazos familiares con Guinea Ecuatorial. Su camino hacia la selección fue de novela: en 2010 jugaba en el Palencia, en Segunda B, cuando su compañero Benjamín Zarandona –internacional con Guinea– le lanzó un curioso ofrecimiento. La selección estaba reclutando talento foráneo y Rui, que nunca recibió llamada de Cabo Verde, aceptó el desafío. Obtuvo la nacionalidad ecuatoguineana por carta de naturaleza y debutó ese mismo año. Durante más de una década fue defensa central titular de Guinea, participando en dos Copas Africanas y sumando 38 partidos internacionales. A sus 40 años, Rui sigue en activo en el modesto Colmenar Viejo, pero en Malabo siempre será recordado.
Y qué decir de Emilio Nsue, el caso más emblemático de la actualidad, toda una estrella en la Nzalang, que en esta edición viene de firmar un auténtico golazo ante Senegal. Nsue, nacido en Palma de Mallorca en 1989, fue campeón de Europa sub-19 y sub-21 con España, apuntando maneras de estrella. Pero con la absoluta no tuvo hueco, y a los 21 años aceptó representar a Guinea Ecuatorial, el país de su padre. No solo eso, la federación le entregó el brazalete de capitán casi de inmediato. Hoy, con 34 años, es leyenda viva del fútbol ecuatoguineano. En la Copa África 2024, deslumbró anotando cinco goles en la fase final, llevando al equipo a octavos de final. Actualmente milita en el CF Intercity de la Segunda RFEF. Las historias para Guinea Ecuatorial son muchas, entre ellas: los hermanos Edjogo, Carlos Akapo u Omar Mascarell, que completan el retrato de una selección hispano-africana.

Siguiendo el ejemplo africano, hay dos casos llamativos en Marruecos, que ha construido una selección potente gracias a su diáspora europea. Hay dos casos relacionados con España que son los mas llamativos por sus ultimas actuaciones con los leones del Atlas, pero el que seguramente se lleve la palma es el de Achraf Hakimi, nacido en Madrid y criado en la cantera del Real Madrid, que rechazó a España para representar a los orígenes de sus padres. Más reciente es el caso de Brahim Díaz, también formado en España y con pasado en La Roja sub-21, que tras años de incertidumbre eligió jugar con Marruecos en 2024. Aunque nacido en Málaga, el vínculo con sus raíces y la falta de oportunidades reales en España terminaron de inclinar la balanza.
La historia se repite a miles de kilómetros, en la República Dominicana, donde el béisbol es rey, pero el fútbol comienza a escribir páginas ilusionantes. Tradicionalmente ausente de los grandes torneos de CONCACAF, ha empezado a apoyarse en su diáspora hispana. Ahí sobresalen jugadores nacidos o formados en España con ascendencia dominicana, que han encontrado en la selección caribeña un espacio para brillar.
Uno de los más destacados es Cayetano “Tano” Bonnín, defensa central nacido en Palma de Mallorca en 1990, de padre mallorquín y madre dominicana. Tras debutar en Primera con Osasuna, su carrera ha pasado por Segunda División, Rumanía e Italia, donde hoy se encuentra en la Serie D, pero desde 2013 fue internacional con Dominicana y su ultima convocatoria fue en 2022. También está el caso de Mariano Díaz, nacido en Barcelona en 1993, de madre dominicana. En 2013 jugó y marcó en un amistoso con Dominicana, siendo el primer canterano del Real Madrid en anotar con ese país.
Luego, llega la parte gris. No todo es fácil en estas travesías. Existen viajes agotadores, condiciones precarias, federaciones con pocos recursos y en ciertos casos corruptas o con poca predisposición a hacer bien las cosas. Entendiendo por “bien” el modo en que lo haríamos en Europa -donde también hay ciertos vicios que sería bueno erradicar-. Lo que en sus clubes europeos son cosas bien hechas que casi no se paran a pensar, en algunas convocatorias con sus selecciones todo puede ser un desafío.
Pero detrás de cada jugador que cambia de selección hay una historia de búsqueda, de raíces y de emoción. Para muchos, aceptar otra camiseta no fue solo una decisión deportiva, sino una forma de reconectar con su historia familiar. Y en lo deportivo, su carrera dio un vuelco, de la invisibilidad a los himnos, de pelear en el barro a enfrentarse a selecciones mundialistas. Porque el fútbol, con su lenguaje universal, tiende puentes donde nadie los espera. Y si no, que se lo digan a Rui da Gracia, natural de León, que un día decidió ser guineano y acabó escribiendo una historia que ni él habría imaginado.





